Sivloskaia
(Correspondencia XXXIII)
Andrea Sivloskaia quiere que sepas (o que recuerdes) que por debajo del goce más profundo, allá en esas cumbres desaforadas, aúllan siempre los desposeidos, revolcados en los adentros. Que nosotros mismos somos los desposeidos, bramando desde abajo, pateando lejos lo eterno y lo efímero, un solo golpe fulminante. Quiere que no olvides que tus saltos hacen tronar el suelo, el cielo, los sueños, y que un golpe siempre genera otro golpe, acción, reacción, y ese otro golpe que viene es siempre más crudo, más desgarrador.
Andrea Sivloskaia no quiere arruinar la fiesta. Imposible, pues su composición atómica es jolglórica, agitando sus células alegres, su piel embadurnada de lisergia, de relajo, como gallinas de repente puestas en libertad, como pollos soñando tierras recubiertas de infinitos granos de maíz.
Ella es la reina del relajo, de la fiesta pankificada e histérica.
Ella es cosa seria, trip trip trip
Es un péndulo entre la cima y la sima.
Ella es brutalmente honesta, conoce el dolor y por eso goza.
Ella es inquieta, y de la misma forma que mueve sus huesos y nada en los torrentes sanguíneos, también se mueven inquietos sus ojos en busca de ese algo, esperando ser deslumbrada, olvidándose aveces de sí misma, saliendo de su piel, escarbando manuskritos, sorbiendo ritmos, melodías, asimilando conciencias, devorando cuerpos, enamorando pupilas.
Y, sin darse cuenta, así no más, a punta de gestos minúsculos (aunque ella misma no sea minúscula, más bien arrasadora, imponente, salvaje), a punta de movimientos leves, desapercibidos, ella deslumbra.
Ella transmuta penas en sonrisas, las lágrimas devienen carcajadas. O, lo que es igual, oscila entre el placer y la ternura, el éxtasis y la tristeza, revolcándose en uno y en otro para salir magullada, las piernas moradas, pero satisfecha de haber dejado algo de ella (por no decir toda ella) en ese lodazal, en esas circunvoluciones de lo inexplicable.
Andrea Sivloskaia enciende un cigarrillo y aspira el mundo, con todos sus dolores, con todas sus penas, con todos sus gritos. Ahora exhala y sus labios dibujan, sutiles, una pícara sonrisa.
(Enciclopedia del nuevo milenio que trata sobre el saber ambiguo, mundano e invisible, Tomo XXII)
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